¿Qué es Jesús en mi vida?



P. Adolfo Franco, S.J.

Reflexión del Evangelio del Domingo XII del Tiempo Ordinario

Lucas 9, 18-24

En este párrafo del Evangelio el Señor nos da varias enseñanzas fundamentales. Y todas las deriva de una pregunta que dirige a sus apóstoles, y que nos dirige a nosotros, pues es una pregunta fundamental, la pregunta central de nuestra fe: ¿Quién dice la gente que soy yo, quién es Jesús? ¿Y nosotros quién decimos que es? Cómo respondemos a esta pregunta es lo que nos define como cristianos.

Pero la respuesta puede ser formulada en forma superficial, lo que hemos leído de Jesús, o lo que nos han enseñado, pero que quizá no hemos interiorizado. Falta la experiencia personal, falta que nuestro corazón se involucre en la respuesta; quizá no podamos responder debidamente si no hemos tenido un encuentro personal con El. Y esta es la respuesta que Jesús espera de cada uno de nosotros nuestra respuesta personal: Jesús se sitúa delante de cada uno de nosotros y mirándonos personalmente nos pregunta ¿y tú que dices? ¿Es de verdad para nosotros el Salvador, el Amigo, nuestro Dios?

Y cuando los apóstoles dicen la respuesta, Jesús en el Evangelio que hemos leído, la completa; porque los apóstoles, aún no sabían todo lo que era Jesús, y cómo lo había de ser: es verdad que es el Mesías, pero qué Mesías; el Mesías debe ser entregado en manos de las autoridades para que lo juzguen, lo condenen a muerte; pero resucitará al tercer día. Estas realidades del Señor, son parte esencial de la respuesta. Jesús no es una estampa bonita, una figura emocionante, y un rostro hermoso. Jesús nos dice que es nuestro Salvador, porque se entregará a la muerte, y resucitará.

Para responder a la pregunta de Jesús, tenemos que aceptar el misterio más difícil de la vida, el misterio del sufrimiento, y de la muerte. La Cruz, siempre será un desafío a nuestra inteligencia y a nuestra voluntad. La cruz la vemos como algo fatal, triste y que debe ser rechazado. Es algo que nos irrita y nos pone a la defensiva. Y sin embargo todos rezamos frente a un crucifijo, y nos hacemos la señal de la cruz con frecuencia. Claro que hemos estilizado tanto el crucifijo, que no quedan en esa figura (que se convierte en decorativa) las huellas del sufrimiento, de la humillación y del aniquilamiento. Y sin embargo Jesús insiste en esto ante la respuesta de sus apóstoles, y ante nuestra respuesta.

Y para que no queden más dudas, nos dice a nosotros que no seremos sus discípulos si no corremos de alguna manera la misma suerte: si no cargamos con nuestra cruz. Es Jesús quien lo dice: “el que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. Esta lección del Señor, El nos la repite muchas veces a través de todo el evangelio; y nos la propone de diversas maneras: como bienaventuranzas, como camino estrecho, como cimientos para construir una casa sólida. Aquí nos la está proponiendo de una manera más cercana, más atractiva; si es que se puede hablar de atractiva, hablando de la cruz. Y es que la propone para estar cerca de El para seguirlo, para ser discípulos suyos.

O sea que si no tomamos nuestra propia cruz, no podemos seguirle. ¿Y cuál es nuestra cruz? ¿Y qué es cargar la cruz? Todos sabemos por propia experiencia lo que la cruz, lo que es el sufrimiento. Y nuestra reacción frente a esto, no es cargar la cruz, sino defendernos de ella. Ante la cruz no tenemos una actitud positiva, sino negativa. Miramos con ternura y admiración la cruz de Jesús, pero la nuestra la miramos con horror ¿por qué? Nuestra cruz no es abrazada, ni cargada, procuramos dejarla en el primer rincón que podamos, y que quede bien escondida, y huimos de ella. Jesús nos dice que la carguemos para seguirle. Y esto me parece que nos lleva incluso a mirarla con simpatía, como una compañera que nos ayuda a estar cerca de Jesús. La cruz personal, cuando es asumida de esa forma, es una ayuda para el seguimiento de Cristo, que debe ser la meta de todo cristiano. Esa es la respuesta que Jesús espera de nosotros al preguntarnos, qué decimos de El: nuestra respuesta más verdadera será seguirle con nuestra cruz; esa es la mejor respuesta a su pregunta.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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